Cena accidentada

Sólo me ha costado tres restaurantes decidirme para cenar.

Y cuando ya estamos sentados, con un vino en la copa, veo como se me aparece un gato, rechoncho y gordo, con intención de restregarse. De lo gordo y naranja que era parecía Garfield. Le pedí al camarero que lo alejara.

El sitio prometía, con un camarero atento. Pero pronto se corrió el velo: el tío no se enteraba de nada; nos puso la tapa que le habíamos pedido antes que a los de otra mesa que la pidieron antes, y los señores se mosquearon con nosotros y con el camarero. Además, tardó como cosa de 15 minutos en traerlo, claro, con el lío que tenía montado…

Tres intentos fallidos de conseguir la cuenta y finalmente me levanté a pagar.

Una pena, porque la comida fue buena: sopa de mostaza con verduras y croquetas holandesas.